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Todorov, la política y la moral

 

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Para Todorov la exigencia moral no es incompatible con la habilidad política.

La ventaja más obvia de no vivir una situación de opresión, en una dictadura o bajo un gobierno autoritario es la posibilidad de disfrutar de la libertad. Una ventaja añadida es que nos ahorramos tener que poner a prueba nuestra calidad moral en una situación extrema. Al leer o escuchar a gente que ha vivido una dictadura vemos que una característica de estos regímenes es que, con mayor o menor intensidad o eficacia, intentan corromper al mayor número de gente posible, que el campo de acción es limitado y que hay una zona de grises.

El valor moral cambia de un momento a otro: quien ha sido un cobarde puede comportarse en otro momento con valentía, quien ha sido cruel puede ser generoso en una ocasión distinta, quien ha sido una víctima puede volverse un verdugo. Muchas veces, los disidentes más eficaces no son los que parecen más férreos, ni quienes más ayudan a la causa son inflexibles turistas del ideal: a menudo, es gente de convicciones firmes que sabe negociar y encontrar espacios de libertad que desgastan al régimen.

Tzevtan Todorov lleva muchos años reflexionando sobre algunos de estos asuntos. Están entre los temas centrales deInsumisos (Galaxia Gutenberg), un libro que reúne retratos de personas que admira por la forma en que supieron conjugar la moral y la política.

Todorov parte de su propia biografía: aunque lleva mucho tiempo viviendo en Francia, la experiencia de vivir en un país totalitario -la Bulgaria comunista- “ha desempeñado un papel fundamental en la construcción de mi actual identidad […] esa experiencia es la que explica buena parte de mis decisiones y de mis gustos. Sin duda es una de las razones que hoy en día me empujan a observar más de cerca las vidas que yo no viví, vidas de resistencia moral, no violenta, al orden dominante”. Frente a los abusos de la moral, hay una tendencia a eliminarla de la política. Según Todorov, “hay un lugar para una política que ofrezca un ideal que todos podamos compartir”.

Los protagonistas de Insumisos se enfrentaron al totalitarismo nazi (Etty Hillesum en Holanda y Germaine Tillon en Francia) o comunista (Borís Pasternak y Aleksandr Solzhenitsyn) o a una situación de desigualdad entre dos partes de la población (Nelson Mandela en Sudáfrica, Malcolm X en Estados Unidos, David Shulman en Israel y la propia Tillon en la guerra de Argelia). Algunos de los personajes de los que habla son antiguas pasiones de Todorov, como Tillon, objeto de un ensayo más largo recogido en La experiencia totalitaria. Tillon fue miembro de la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial y estuvo internada en el campo de Ravensbrück. Defendió la necesidad de informar sobre los campos de concentración soviéticos. Tuvo una visión cambiante de la violencia, y conoció el lado del fuerte y el del débil, de la víctima y el opresor, o al menos así lo percibió ella misma. La trayectoria de otra víctima de la Segunda Guerra Mundial, Etty Hillesum, fue más sencilla pero no menos conmovedora.

Uno de los mejores segmentos del libro es el dedicado a Borís Pasternak y Aleksandr Solzhenitsyn. Todorov reconoce la determinación moral y la inteligencia política del autor deArchipiélago Gulag, una obra que considera decisiva para el fin del comunismo. En su discurso del Nobel, Solzhenitsyn dijo: “No olvidemos que la violencia no vive sola, que es incapaz de vivir sola. Está necesariamente enlazada a la mentira. Las dos están unidas por los vínculos naturales más estrechos. La violencia puede esconderse detrás de la violencia, y la mentira solo encuentra su apoyo en la violencia”.

Pero, mientras que parece entender o simpatizar con las vacilaciones de Pasternak, y explica cómo un privilegio sorprendente que también le permitía ayudar o preguntar por personas que habían caído en desgracia ante Stalin, la admiración por la obra de Solzhenitsyn convive con cierta distancia. “No se preocupa directamente del bien que puede proporcionar a los demás individuos, sino que se pone al servicio de una entidad superior, la verdad, y de entidades colectivas, el pueblo, la nación y la humanidad”.

Un ejemplo extremo es esta anotación: “Y para colmo, su suicidio (afortunadamente fallido) echa a perder, justo en el momento en que lo estaba acabando, el primer nudo.” Solzhenitsyn apuntó eso después de que su mujer intentara suicidarse. Todorov muestra más simpatía por la disidencia íntima y dubitativa del autor de El doctor Zhivago, que pidió a su hijo: “Si algún día escribes algo sobre mí, recuerda que nunca he sido un extremista”. Dice Todorov: “Con sus debilidades e imperfecciones, Pasternak, que sabe beber de la fuente de la vida, está más cerca de los hombres corrientes. Solzhenitsyn ha tomado un camino que pocas personas pueden seguir, en el que el individuo se confunde totalmente con la misión que cree que debe llevar a cabo”.

No todo el libro está igual de logrado. El análisis de Nelson Mandela, con su cambio de posición sobre el uso de la violencia y su convicción de la eficacia de la generosidad, es por momentos conmovedor, pero también apresurado, y el retrato de Malcolm X se queda en un esbozo. Son interesantes las reflexiones sobre la protesta pacífica de David Schulman por el trato a los palestinos en Israel, “un acto más moral que político”: “Lo hago porque es lo justo, y también lo único que puedo hacer. Lo hago porque hace que me sienta un poco más libre”. La inclusión de Edward Snowden, a quien Todorov compara con Solzhenitsyn, resulta desconcertante, pese a la importancia de sus revelaciones.

Como otros trabajos de Todorov, Insumisos es un libro contra el maniqueísmo. Menos ambiciosa que otras de sus obras, tiene defectos, descompensaciones y juicios discutibles, y no todos sus ejemplos se pueden (o deberían) seguir, pero también presenta observaciones lúcidas, una advertencia oportuna sobre las malas consecuencias de las buenas intenciones y una valiosa reivindicación de la cautela y la comprensión. Sus protagonistas, a menudo, hicieron un esfuerzo por no odiar al enemigo: “Los personajes quieren diferenciar al delito del delincuente, escapar al enemigo y escapar al odio”. Esa actitud a veces casi cristiana (o budista, según Todorov) parte de una exigencia moral y a menudo se alimenta de una experiencia de un mal extremo.

Los ejemplos muestran la capacidad de resistencia de un individuo decidido frente a la locura organizada. Aunque el libro trata de ejemplos de resistencia, a veces es llamativo el desinterés que un ensayista político muestra por el poder y sus mecanismos. Sin embargo, como sugiere el ejemplo de Nelson Mandela, para Todorov la exigencia moral no es incompatible con la habilidad política. En muchas ocasiones esa independencia moral se cobra un precio muy alto, pero, para Todorov, tiene algo ejemplar y satisfactorio, porque “ninguna lucha justa es en vano”.

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