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Hebrón, el espectro de una ciudad

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Trajinando por el mundo by Carmen Pérez del Olmo Teira.

Nunca antes un lugar me ha provocado un desasosiego como el que he sentido en la ciudad fantasma de Hebrón. He paseado por sus calles desiertas, en la zona H2, sin poder quitarme de encima la sensación de que alguien vigilaba cada uno de mis movimientos. Y es así: en Hebrón siempre hay alguien observando. Generalmente con un arma en la mano, lo que no proporciona mayor tranquilidad, aunque sepas que tú no eres el objetivo.

Pocos lugares hay más críticos y sensibles al conflicto palestino-israelí que Hebrón. Únicamente el Monte del Templo en Jerusalén, donde la mezquita de Al-Aqsa se levanta a escasos metros del Muro de las Lamentaciones, en el mismo emplazamiento antes ocupado por el principal santuario del pueblo de Israel, lo supera. La importancia del Monte del Templo es indudablemente mayor, pero la situación que actualmente se vive en una y otra ciudad es muy diferente. En Jerusalén los enfrentamientos quedan silenciados bajo hordas de peregrinos y el turismo masivo. Hebrón muestra sin tapujos su verdad, la de ser un campo de batalla incandescente.

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[“¡Gasead a los árabes!”]

El origen del problema viene de atrás, como ocurre con casi cualquier cosa que ataña a esta tierra condenada a la desgracia por su propia condición de santa. En Hebrón se encuentra la Tumba de los Patriarcas, lugar de enterramiento de Abraham, Isaac, Jacob y sus mujeres, venerada de igual modo por judíos, musulmanes, y en menor medida, también por cristianos. Los primeros reivindican su derecho sobre el santuario (y sobre todo el territorio de Hebrón) alegando que la cueva original sobre la que se ubica fue comprada por Abraham por cuatrocientos siclos de plata, representando así la primera propiedad legítimamente judía en un territorio que hoy reclaman como parte de su Estado. Por su parte, para los musulmanes se trata de uno de los lugares más sagrados del Islam, pues el profeta Ibrahim (Abraham en árabe) fue quien construyó, junto a su hijo Ismael, la Kaaba de la Meca.

La convivencia entre musulmanes y judíos en Hebrón nunca ha sido especialmente buena (sirva como ejemplo la matanza de 1929), pero la situación se agrava más todavía a partir de 1948 cuando, al realizarse la partición, Hebrón queda incluida dentro de los territorios asignados a los palestinos (zona A), expulsando oficialmente a los judíos de una ciudad donde “siempre habían estado presentes”. Tienen que pasar casi veinte años para que, tras la Guerra de los Seis Días, Hebrón sea “liberada” y los primeros colonos no tarden en llegar encabezados por la familia del rabino Moshe Levinger, quien alquila un hotel en el centro de la ciudad del que se niegan a salir. Hoy, casi medio siglo después, son cinco los asentamientos que estrangulan y penetran Hebrón hasta su corazón.

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La tragedia que marca definitivamente el destino de Hebrón (por ahora) tiene lugar el 25 de febrero de 1994, cuando Baruch Goldstein, un colono ultraortodoxo del asentamiento de Kiryat Arba, irrumpe (presumiblemente apoyado por los solados israelíes, que casualmente desaparecieron del checkpoint en el momento de los hechos) en la Tumba de los Patriarcas y dispara indiscriminadamente contra los más de 600 musulmanes que se encontraban en su interior, provocando 29 muertos y entre 120 y 200 heridos, según a quién le preguntes.

Finalmente, en 1997 se firma el acuerdo según el cual Hebrón queda dividida en dos sectores: la zona H1 (correspondiente a un 65% de la ciudad, sin incluir la Ciudad Vieja ni la Tumba de los Patriarcas) bajo jurisdicción de la Autoridad Nacional Palestina; y la zona H2, bajo control militar israelí, en la que a día de hoy conviven unos 15.000 palestinos con 800 colonos que imponen su ley, protegidos por 4.000 soldados israelíes. Todo un ejército.

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Hebrón es la ciudad más compleja en la que jamás haya estado. Lo suficientemente compleja para que, a pesar de mostrar las entrañas del conflicto en toda su crudeza, viéndose de forma más clara que nunca cómo actúan sus protagonistas, no haya podido evitar cuestionármelo todo. Muchas de mis ideas, tan firmes como creo tenerlas, se han tambaleado en ciertos momentos. No se puede dar nada por sentado.

La culpa de esto, como siempre, la tienen las personas que he conocido en el camino. El primero de todos, mi anfitrión en la ciudad: un palestino en cuya casa me he alojado, teniendo la oportunidad de compartir largas conversaciones que me han ofrecido un punto de vista digamos “diferente” al que vengo estando acostumbrada.

Este chico (cuyo identidad me reservo) es un couchsurfer empedernido (va camino de convertirse en el Kuni de Oriente Medio) y asegura disfrutar conversando con israelíes y alojando viajeros judíos en su casa, entre muchas cosas más. De forma secreta, por supuesto, como todo lo que hace en su doble vida (especialmente viviendo en Hebrón, una ciudad muy conservadora): desde bailar y beber alcohol en los pubs de Bethlehem (la “ciudad del pecado”, según él) a condenar la religión, algo que su familia jamás aceptaría. Y si bien con muchas de sus ideas extremadamente pacifistas no concuerdo (“además de puta, poner la cama”, se diría vulgarmente), creo que hace mucho más él por extender los puentes del diálogo que podrían llevar a una conciliación, que los dirigentes de uno y otro bando. Una conciliación que no es más que una utopía, pero como diría Galeano: la utopía sirve para caminar.

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[Máscara de V de Vendetta: un símbolo de la utopía y la lucha contra las tiranías.]

Mi estancia en Hebrón ha coincidido con el 66 aniversario de la Nakba. El primer día que salí a pasear me encontré todos los comercios cerrados y ni un alma por la calle, y no comprendí que sucedía hasta que me pasó una piedra volando a diez centímetros de la cabeza. Entonces los vi: policías palestinos por un lado, chavales armados con piedras y cócteles molotov por el otro, y los colonos haciendo su parte desde las ventanas. Enseguida supe que ese día no era el más indicado para explorar la ciudad y me fui a casa.

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A la mañana siguiente salí de nuevo, y el centro de Hebrón se me mostró como realmente es, con la algarabía y bullicio propios de una ciudad árabe. Pero todo cambia cuando te adentras en la Ciudad Vieja  y aparece la primera red metálica sobre tu cabeza, puesta ahí para proteger de la basura e incluso muebles que los colonos arrojan desde sus ventanas para obligar a los palestinos a abandonar sus tiendas. Cuentan que hasta no hace mucho tiraban orines y heces, y todavía hoy hay quien arroja agua hirviendo, lejía o pintura, contra las que las redes no pueden hacer nada.

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Además de una situación lamentable, es una pena porque las callejuelas del casco antiguo no pueden ser más bonitas, y sería una maravilla poder verlas en su esplendor, con todas las tiendas abiertas, los vendedores gritando sus ofertas y niños jugando. Pero a cada paso el panorama no hace sino empeorar, hasta llegar a un punto en el que, mires donde mires, solo ves galerías absolutamente desiertas y puertas selladas desde hace años.

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Lo normal en esta zona es que, antes o después, se te acerque algún chavalín para enseñarte (a cambio de unas monedas, cómo no) algún edificio por dentro y contarte la historia de las familias que vivían en él, así como de aquellos a quienes se les han ofrecido “miles de millones de dólares” si renuncian a sus hogares, y sin embargo resisten. No todos los datos cuadran (nadie, de ningún bando, está libre de intentar sacar rentabilidad de las desgracias), pero sea como sea, que unas estupendas viviendas en pleno centro de la ciudad hayan tenido que ser abandonadas en estas condiciones, son hechos que hablan por sí solos.

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De repente, sin darme cuenta, me topo con el checkpoint que da paso a la Tumba de los Patriarcas. Me sorprende la simpatía de los soldados israelíes y, muy particularmente, las bromas y risas que comparten con una mujer palestina camino de la mezquita. Éste será uno de los muchos temas que ocuparán mis pensamientos durante esos días.

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Desde que Herodes El Grande construyese una muralla alrededor del lugar de enterramiento original, la Tumba de los Patriarcas ha adoptado todas las formas posibles (mezquita, iglesia bizantina…) hasta presentar su aspecto actual, el de un enorme y sobrio edificio de corte medieval en el que pueden apreciarse detalles árabes.

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El lugar está completamente controlado por el ejército israelí y, como el resto de la ciudad, dividido en dos: una parte de mezquita y otra que hace las veces de sinagoga. El ambiente que se respira en cada una no puede ser más diferente: mientras en la segunda el gentío es constante y el comentario (entre guías y turistas judíos, principalmente) más repetido “Pensad que hasta hace treinta años aquí no podíamos entrar”, acompañado de algún lloro puntual; en la mezquita ninguna de las veces que entro me encuentro con un alma. Sentada en su alfombra he pasado algunos ratos tratando de imaginar los terribles hechos del 25 de febrero de 1994, y haciéndome muchas preguntas a las que no consigo dar respuesta. ¿Por qué esa necesidad de los judíos de celebrar y regocijarse en todas las desgracias que les han ocurrido a lo largo de la Historia? ¿De justificar cada una de sus acciones en base a ello? ¿Qué te aporta una religión que solo te recuerda lo más miserable de la existencia humana? ¿Cómo puede alguien, en pleno uso de sus facultades y ya en el siglo XXI, creerse el pueblo “elegido”? Me repele y, al mismo tiempo, me fascina.

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Pero si hay un lugar en Hebrón donde los interrogantes brotan en cascada al tiempo que tu corazón se encoge, es la conocida como “ciudad fantasma”, que aunque rodea la Tumba de los Patriarcas, impacta todavía más si el acceso se hace a través del checkpoint que la separa del centro de la ciudad. Es decir, que volvemos sobre nuestros pasos.

El contraste es demasiado violento para parecer real. Un momento estás en plena avenida comercial, rodeado de puestos de fruta, restaurantes de falafel y tiendas de ropa, y en cuestión de segundos atraviesas una puerta protegida por media docena de soldados israelíes y apareces en una calle que más bien se asemeja a la Zona Cero víctima de un desastre nuclear. Es la calle Shuhada, rebautizada como calle del apartheid por los palestinos. Hace veinte años esta calle era la principal vía de acceso a la Tumba de los Patriarcas y una gran arteria comercial que unía el norte y sur de la ciudad, pero después de la masacre de 1994, los israelíes la cerraron por “motivos de seguridad”. Así funcionan las cosas en Hebrón: un fanático comete un asesinato de palestinos en masa, y como recompensa, cierran la calle con sus más de 300 tiendas a los palestinos, mientras los colonos tienen total libertad para moverse a su antojo por ella.

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La sensaciones que he tenido paseando por esa zona muerta son difíciles de transmitir. Decía al principio que ningún otro lugar me había producido tanto desasosiego, pero queda incompleto si no añado también asco (literalmente, se me revolvió el estómago hasta tener ganas de vomitar) y miedo. Tristeza. Incredulidad. Impotencia. Y muchas preguntas.

Es imposible no fijarse en las Estrellas de David con las que han sido marcadas muchas de esas casas y tiendas de las que los palestinos han sido expulsados, o los mensajes “¡Gasead a los árabes!”, sin reparar en la inquietante similitud que todo ello guarda con la persecución y el genocidio del que los mismos judíos fueron víctimas hace apenas setenta años, tan reciente que todavía lo lloran (con razón). ¿Cómo se puede tener ese doble rasero, esa doble moral? Preguntas y más preguntas.

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Un poco más adelante, la zona se convierte en una sala de exposiciones donde a cada paso un cartel informa de las raíces que unen al pueblo judío con Hebrón, así como las injusticias y maldades cometidas por los palestinos.

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Hay muchas verdades en esos carteles, pero quedan reducidas a la insignificancia y pierden todo su valor cuando se comparan los números de víctimas en uno y otro lado. Por otra parte, no se pueden condenar las atrocidades del enemigo y al mismo tiempo pretender justificar las que uno mismo comete, que son mayores y más. 

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[Este cartel me tiene obsesionada.]

He paseado sola varios días por estas calles. Y sola lo digo en el sentido literal: hasta el cementerio musulmán, al que muy pocos palestinos pueden acceder, tiene más ambiente. Únicamente el sábado (Sabbat) me sentí algo más acompañada por aquellos que iban de la sinagoga a casa y viceversa. Lo cierto es que verles con sus camisas blancas (ellos) y vestidos claros (ellas) fue toda una liberación incluso para mí. (Más preguntas: me gustaría saber mucho más de la moda judía. ¿Por qué esos abrigos negros a 40 grados a la sombra? ¿Quién marca las tendencias? Porque dentro de lo dictado por la Ley habrá tendencias, ¿no?).

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Preguntas sin respuesta y, de tanto en tanto, un completo desconcierto ante escenas como la de la mujer musulmana y el soldado israelí que he mencionado al principio, o tras mis propias conversaciones con los soldados y algunos colonos sionistas, de extremada simpatía y amabilidad. Ver para creer, ¿por qué precisamente aquí? Cuando llegaba a casa lo compartía con mi anfitrión y éste me mostraba esa otra cara, vídeos que evidencian que también hay bromas (que no amistad) entre algunos, aunque no se les haga publicidad porque los más extremistas no admitirían jamás nada que huela a lo que ellos consideran traición. Al fin y al cabo, supongo que lo único que buscan es hacer su vida algo más soportable.

Mi última mañana en Hebrón la he pasado con Hashem Azzeh, un activista condenado a arresto domiciliario desde hace un año y ocho meses que no puede salir del área H2 bajo ninguna circunstancia. Me ha llevado de visita a los colegios y tiendas que aún resisten en la zona, y hemos paseado por las (pocas) calles donde los palestinos sí tiene permitido moverse. Al llegar a un punto ha sido muy claro: “Si doy un un paso más aquí, me llevan a la cárcel”.

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[Hashem en su jardín. Detrás, la casa de Marzel.]

Tras visitar su asociación (Ibraheim Al-khaleil Society), de camino a su casa en pleno asentamiento de Tel Rumeida, nos hemos cruzado con muchas niñas que regresaban del colegio. Ellas recorren ese mismo camino todos los días, ante graffitis y murales con mensajes de odio hacia el pueblo palestino. Es triste pensar que lo que a mí me llama tanto la atención, a ellas les resulta tan normal que ya no reparan en ello, excepto cuando se producen agresiones, que desgraciadamente es algo más habitual de lo que cabría desearse.

Al llegar a casa de Hashem (que para colmo de males linda con la casa de Baruch Marzel, líder de la extrema derecha judía), he sido recibida por su mujer, quien me ha preparado un té mientras Hashem me mostraba algunas grabaciones del día a día en el barrio. En uno, un grupo de jovencitas judías entre los 12 y 17 años espera a las niñas y profesoras palestinas en la salida del colegio para insultarlas, empujarlas y arrojarles piedras, ante la impasible presencia de los soldados israelíes. En otro, su propia mujer e hijos recibían insultos y escupitajos y graves amenazas por parte de una vecina (judía ultraortodoxa) asomada a la ventana de su casa. Esos eran los más suaves.

Por lo que a mí respecta, mientras miraba esos vídeos no me resultaban tan dolorosas las agresiones físicas como las palabras. Palabras escupidas con rabia, destilando un odio irracional, fuera de este mundo. Un odio que deja bien claro que la paz entre palestinos e israelíes está muy lejos de ser una realidad.

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