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Todos los criminales tienen daño cerebral

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La semana pasada, el estado de Missouri ejecutó a Cecil Clayton, un hombre que, tras un accidente en el que perdió una quinta parte de su lóbulo frontal, mató a un oficial de policía.

Jerry Coyne debió estar inspirado al comentar el caso, pues abordó el problema del libre albedrío en el sistema judicial de una manera impresionante:

Esta ejecución es un buen ejemplo de los trágicos resultados que provienen de que las personas no entiendan el determinismo y sus consecuencias para la justicia, la recompensa y el castigo. Lo que pasó con Clayton es una consecuencia directa e inevitable de sus antecedentes y genes, pero también de la noción errónea del público de que la gente tiene “libre albedrío” — que en muchas situaciones nosotros (y Clayton) podemos elegir actuar libremente de una manera diferente a como lo hicimos. De hecho, la ciencia nos dice que Clayton no tenía esa opción, a pesar de lo que afirmen los fiscales. Nuestros cerebros son computadores hechos de carne y ejecutan programas según su cableado, que viene de los genes que heredamos y los entornos que hemos experimentado. No hay un “nosotros” fantasmal que pueda anular el resultado de dichos programas.

Todos los criminales tienen “daño cerebral” en el sentido de que, gracias a la constitución de su cerebro, según lo determinado por la historia de su entorno y por su genética —en conjunto con la situación en que se encontraban cuando transgredieron—, no tenían más opción que cometer un delito que daña a la sociedad. […] Un criminal no podría haber actuado de otra manera al momento de su crimen, al igual que nosotros no tenemos otra opción sobre si comer un sándwich o una ensalada al almuerzo.

Este determinismo arruina la idea de que debemos juzgar o castigar a los criminales en función de si “sabían distinguir el bien del mal” o si “pueden entender por qué están siendo ejecutados”. Sí, algunos malhechores saben y entienden esas cosas, pero, dado que no podrían haber actuado de otro modo, ¿por qué es eso relevante? Es muy posible que sepas que lo que estás haciendo está mal a la luz de la sociedad, y aún así seas incapaz de resistirte a hacer el mal. Los sociópatas son el ejemplo más extremo de esto: algunos entienden claramente que la sociedad juzga sus acciones como algo malo, pero ellos mismos no sienten que estén haciendo algo mal. Pero incluso los delincuentes que sienten que sus propias acciones son “incorrectas” todavía no tienen otra opción en lo que hacen. Y su CI es irrelevante, también. No importa qué tan “inteligente” seas, tus opciones son tan limitadas como las de cualquier otra persona. Todos somos responsables de nuestros errores, en el sentido de que los cometemos y castigar al malhechor puede estar justificado. Pero no somos moralmente responsables, porque eso significa que podríamos haber elegido libremente una alternativa mejor.

El determinismo biológico sigue siendo compatible con la reclusión por estas cosas. La disuasión, la rehabilitación, y la captura son las razones por las que los deterministas favorecemos el encarcelamiento, ya sea en una cárcel o un hospital.

Pero el objetivo de Missouri, en este caso va mucho más allá de eso: su objetivo era en gran parte castigar a Clayton por lo que hizo. En otras palabras, la motivación era la venganza. Esto se desprende tanto de la “indignación” declarada del fiscal general como de la noción de que Clayton tenía que “pagar un precio” por sus crímenes — perder su vida. Es evidente que ambas afirmaciones suponen que Clayton podría haber actuado de otra manera — que podría haberse abstenido del asesinato. La indignación no es una emoción útil contra alguien cuyo crimen probablemente provino de daño cerebral.

Pero tampoco es una emoción útil por ningún delito, aunque tales emociones, y el deseo de venganza, puedan haber evolucionado como una forma de proteger a la sociedad de los delincuentes. Pero la racionalidad nos ha llevado más allá de estos sentimientos primitivos: entendemos el determinismo, entendemos que las acciones de la gente están completamente determinadas por factores sobre los cuales no tienen ningún control, y podemos dejar a un lado nuestras infantiles emociones y adoptar un enfoque verdaderamente humano de la justicia. Cuando nos damos cuenta de que los delincuentes no tenían una opción, entonces podemos dejar que sea la ciencia, y no las reacciones instintivas, la que guíe nuestras acciones. ¿Qué castigo es la mejor forma de disuadir a los demás? ¿Cuáles son las posibilidades de que un delincuente, si se libera después de un cierto tiempo, vuelva a delinquir? ¿Cuál es la mejor manera de tratar a los prisioneros, con “daño cerebral” o no, para curarlos?

Todo esto es, en principio, accesible a través de la investigación, pero poco se está haciendo. Todavía estamos dejando que las emociones primitivas guíen nuestras acciones en lugar de la razón. Cuando deslizaron la aguja en las venas de Clatyton ayer, fue un acto no de la razón, sino de venganza irracional y patrocinada por el Estado. ¿Cómo podría tener sentido matar a alguien por algo que no pudo evitar hacer?


Los académicos del derecho penal han resumido las causales de justificación en que no se le pudiera exigir otra conducta a quien violó la ley (por ejemplo, el caso de la legítima defensa). A medida que tengamos sistemas de justicia más científicamente sólidos, probablemente los académicos se verán en la necesidad de buscar un nuevo concepto, en vista de que técnicamente nunca se nos puede exigir otra conducta: estamos constreñidos a actuar como lo hacemos por nuestro entorno y genes y no tenemos control sobre ello.

Ya que la constitución de nuestros cerebros nos obliga a comportarnos como lo que hacemos, juzgar a un delincuente creyendo que podría haber actuado distinto es juzgar a la persona, hacer un juicio moral.

Una sociedad progresa cuando los Estados dejan de juzgar moralmente a sus ciudadanos y se dedican, más bien, a garantizar su seguridad y el ejercicio y goce efectivo de los DDHH.

(imagen: Pexels)

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