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¿Comportamiento consciente o inconsciente?

Historias de la Ciencia by omalaled

Siempre pensamos que nuestro comportamiento, forma de pensar, etc., atienden a un total libre albedrío y a una racionalidad que asumimos que está ahí; mientras que nuestro inconsciente lo dejamos para otros momentos. Bien, leyendo el maravilloso libro Subliminal de Leonard Mlodinow (libro que, por supuesto, recomiendo encarecidamente), me hace replantearme unas cuantas ideas que tenía preconcebidas. Os dejo en sus manos con su maravillosa historia.

Puede resultar difícil distinguir entre el comportamiento voluntario y consciente y habitual o automático. Como humanos que somos, nuestra tendencia a creer en el comportamiento motivado consciente, nuestra tendencia a creer en el comportamiento motivado conscientemente es tan fuerte que vemos conciencia no solo en nuestras conductas sino también en las del reino animal. No cabe duda de que lo hacemos con nuestras mascotas. Lo llamamos antropomorfizar. La tortuga tiene tanto coraje como u prisionero de guerra, el gato se meó en la maleta porque estaba enfadado porque nos habíamos ido, el perro debe tener alguna buena razón para odiar al cartero.

Los organismos más simples también puede parecer que se comportan con premeditación y la intencionalidad de los humanos. La humilde mosca del vinagre, por ejemplo, realiza un complejo ritual de cortejo que el macho inicia golpeando a la hembra con sus patitas delanteras y haciendo vibrar las alas para cortejarla con su canción. Si la hembra acepta la proposición, no hará nada, y el macho irá a lo suyo, Si la hembra no está receptiva, lo golpeará con las alas o las patas, o saldrá corriendo.

Aunque he provocado reacciones espantosamente parecidas en hembras humanas, el ritual de cortejo de la mosca del vinagre es del todo programado. Las moscas del vinagre no se preocupan por cosas como adónde les llevará esa relación; se limitan a ejecutar una rutina que llevan grabada. De hecho, sus acciones están tan directamente relacionadas con su constitución biológica que los científicos han descubierto un gen que, cuando se aplica a un nacho de esta especie, en pocas horas convierte al macho heterosexual en mosca gay. http://www.20minutos.es/noticia/31812/0/mosca/hembra/gen/ Incluso un gusano nematodo conocido como C. elegans, que no tiene más de mil células, puede parecer que actúe con intención consciente. Por ejemplo, puede deslizarse al lado de unas bacterias perfectamente digestibles para dirigirse a otra colonia que le espera en una placa de Petri.

Uno puede verse tentado a concluir que el gusano está ejerciendo su libre albedrío, como hacemos nosotros mismos cuando rechazamos una verdura poco apetitosa o un postre de muchas calorías. Pero u gusano no se dice: vale más que me vigile la cintura; simplemente se desplaza hacia aquel alimento que está programado para buscar.

Los animales como las moscas del vinagre y las tortugas se encuentran en el extremo más bajo de la potencia cerebral, pero el papel del procesamiento automático no se limita a esos animales tan primitivos. Los humanos también tenemos muchos comportamientos automáticos e inconscientes. Si normalmente no nos percatamos de ellos es por lo compleja que es la interacción entre nuestra mente consciente y nuestra mente inconsciente. Esta complejidad hunde sus raíces en la fisiología de nuestro cerebro. Como mamíferos, tenemos capas más recientes de corteza cerebral construidas sobre los cimientos de nuestro más primitivo cerebro reptiliano; y como humanos, por encima de estas tenemos todavía más materia cerebral. Tenemos una mente inconsciente y, superpuesta a esta, un cerebro consciente.

Qué parte de nuestros sentimientos, juicios y comportamientos se debe a cada uno de ellos es algo muy difícil de saber, pues constantemente estamos pasando de un lugar al otro. Por ejemplo, una mañana decidimos que queremos parar en la oficina de correos de camino al trabajo, pero en el cruce decisivo giramos a la derecha, hacia las oficinas, porque llevamos puesto el piloto automático, es decir, estamos actuando inconscientemente. Más tarde, cuando intentamos explicarle a un policía por qué hemos hecho un cambio de sentido ilegal, nuestra mente consciente elabora una buena excusa al mismo tiempo que nuestro autopiloto inconsciente maneja el uso apropiado de gerundios, verbos subjuntivos y artículos indefinidos para que nuestra excusa quede expresada con una forma gramatical correcta. Si se nos pide que salgamos del coche, obedeceremos conscientemente, y luego, de manera instintiva, nos situaremos a metro y medio del policía, aunque cuando hablamos con amigos ajustamos automáticamente esa separación a menos de un metro. (La mayoría seguimos estas reglas no escritas de la distancia interpersonal sin pensar en ellas ni por un momento, y no podemos evitar sentirnos incómodos cuando son violadas.)

Cuando nos fijamos en ellos, aceptamos en seguida que muchos de nuestros comportamientos simples (como aquel giro a la derecha) son automáticos. La verdadera cuestión está en qué medida los comportamientos más complejos y sustanciales, que pueden influir mucho en nuestras vidas, también son automáticos aunque nos parezca que los meditamos a fondo y que son totalmente racionales.

(…)

Cuando estudiaba en la universidad (…) solía llamarla cada jueves por la noche hacia las ocho. Un jueves no lo hice. La mayoría de los padres habrían llegado a la conclusión de que me había olvidado, o que quizá por fin “tenía una vida” y había salido a pasar la noche. Pero mi madre hizo una interpretación distinta. A partir de las nueve comenzó a llamar a mi apartamento preguntando por mí. A mi compañera de piso no le molestaron las primeras cuatro o cinco llamadas, pero a partir de entonces, según descubrí al día siguiente, su caudal de buena voluntad se había agotado. Sobre todo, cuando mi madre comenzó a acusarla de esconderle el hecho de que había sufrido un grave accidente y que no podía llamarla porque me encontraba sedado en el hospital. A medianoche, la imaginación de mi madre había agravado el panorama sustancialmente: ahora acusaba a a mi compañera de piso de ocultarle mi reciente muerte. “¿Por qué me mientes?”, le decía. “Acabaré sabiéndolo de todos modos.”

La mayoría de los chicos se sentirían abochornados si descubrieran que a su madre, una mujer que los ha conocido íntimamente durante toda su vida, le parece más plausible su muerte que una cita con una chica. Pero yo ya le había visto ese comportamiento. Para los de fuera, parecía ser una persona perfectamente normal, salvo por unas cuantas manías (…). Eran cosas que cabría esperar, restos de la cultura en la que se había criado en su antiguo país, Polonia. Pero la mente de mi madre funcionaba de un modo distinto a la de cualquiera de las otras personas que conocía.

Hoy sé por qué, aunque mi propia madre no quiere reconocerlo: décadas atrás, su psique había quedado reestructurada de tal modo que veía las situaciones en u contexto que la mayoría de nosotros nunca podremos imaginar. Todo había comenzado en 1939, cuando mi madre tenía 16 años. Su propia madre había muerto de un cáncer de abdomen después de sufrir terribles dolores en su casa durante todo un año. Poco tiempo después, mi madre llegó un día del colegio y se encontró con que a su padre se lo habían llevado los nazis. Mi madre y su hermana, Sabina, no tardaron mucho en ser llevadas también a un campo de trabajos forzados, donde su hermana no logró sobrevivir. Prácticamente de la noche a la mañana, la vida de mi madre se había transformado, pasando de ser la de una adolescente querida y cuidada de una buena familia a la de una trabajadora, esclava, huérfana, odiada y famélica. Tras ser liberada, mi madre emigró, se casó y se estableció en un pacífico vecindario de Chicago, donde disfrutó de la existencia estable y segura de una familia de clase media baja. Ya no tenía ningún motivo racional para temer la pérdida repentina de todo lo que amaba, y sin embargo, ese temor ha preconfigurado su interpretación de los acontecimientos cotidianos para el resto de su vida.

Mi madre interpretaba el significado de las acciones por medio de un diccionario distinto del que usamos la mayoría de nosotros (…) SUs interpretaciones se habían convertido en automáticas para ella, no algo a lo que llegara por una vía consciente.(…) Mi madre nunca reconoció que sus percepciones estuvieran sesgadas por un temor omnipresente de que en cualquier momento la justicia, la probabilidad y la lógica dejasen de tener fuerza o significado. Cada vez que se lo sugería, se reía de la idea de visitar a un psicólogo y negaba que su pasado tuviera ningún efecto negativo sobre su visión del presente. “¿Ah, no?”, le replicaba. “¿Y entonces por qué ninguno de los padres de mis amigos acusan a sus compañeros de piso de conspirar para ocultar su muerte?”.

Todos tenemos marcos de referencia implícitos (con suerte menos extremos) que producen comportamientos y pensamientos habituales. Nuestras experiencias y acciones siempre parecen estar ancladas en el pensamiento consciente, y como a mi madre, puede resultarnos difícil aceptar que entre bambalinas actúan fuerzas ocultas. Pero por invisibles que sean, esas fuerzas tiran con fuerza.

Fuente:
Leonard Mlodinow, Subliminal.

2 comentarios

  1. De ahí los comportamientos repetitivos ilógicos. Están instaurados en nuestro cerebro más primitivo (reptiliano) y es instintivo. Muy buen a entrada. Gracias por la recomendación del libro. Un saludo.

    Le gusta a 1 persona

    6 octubre, 2014 en 2:51

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